Las hermana la misma pasión. Los mismos hábitos. Idénticos sacrificios. Y ahora, un mismo destino. Julia de la Silva (29), Flavia Marcantonio (28) y Valentina López (21) son las tres bailarinas a las que el prestigioso índice de Iñaki Urlezaga ha apuntado el mes pasado, cuando vino a Tucumán para preseleccionar a futuros integrantes del ballet federal. Pasados los nervios de esa audición, la ansiedad de las tucumanas no amaina: dentro de un mes viajarán a Buenos Aires, donde tendrá lugar el filtro definitivo. A partir de ese momento, dos de ellas formarán parte de un cuerpo de artistas dirigido por el mismo Urlezaga e integrado por los mejores exponentes de cada provincia, porque el casting no deja distrito sin cubrir. 

Moldeadas ya por la exigente rutina de quienes se dedican profesionalmente a la danza, las tres son conscientes de que su probable selección implicará mudarse a Buenos Aires, separarse de sus afectos y vivir de gira. Pero a la vez, coinciden, están ante las puertas de una oportunidad única e impostergable. Una chance que acarician en sus sueños quizás desde la primera vez que vistieron un tutú y cancanes rosas. 

Mientras tanto, las zapatillas de punta ya han llevado a las tres a recorrer el mundo: Julia vivió en Salta, Buenos Aires y México; Flavia, en Buenos Aires y Nueva York; y Valentina, la más joven de las tres, en Salta. "La posibilidad de irse siempre está, pero también hay bailarines que eligen quedarse acá, ya que tenemos la suerte de tener un Ballet Estable local y podemos aspirar a entrar en él", reflexiona De la Silva. De hecho, ella y Marcantonio integran ese cuerpo.

Nervios y alegría

¿Cómo se enteraron de la audición que comandaba Urlezaga? A Julia se lo dictaron sus compañeras. Flavia y Valentina lo supieron a través de internet. "Me enteré buscando audiciones porque los bailarines nos caracterizamos por buscar siempre nuevas oportunidades", resume López. Y aunque las tres tienen la filosofía de que nada se pierde con probar, reconocen que, al principio de la prueba, se sentían nerviosas. Para el momento en que el jurado las llamó y les confirmó que estaban preseleccionadas, los nervios se habían disuelto del todo y dado lugar a una alegría inmensa. "Cuando llamé a mi mamá para contarle, pegó un grito terrible", sonríe Valentina.

Hasta que llegue septiembre y se le den nuevas directivas (eso sucederá cuando se complete el casting en todo el país), las tucumanas siguen practicando pasos y giros. Uno de ellos las consagrará como integrantes del primer ballet nacional y federal.

Palabras

Julia de la Silva

¿Cómo empezaste a bailar?

A los cuatro años me paraba frente al televisor cada vez que había programas de ballet e imitaba el movimiento. Eso le quedó grabado a mi mamá y, a los ocho, me mandó a clases de danza. Salía del colegio y me internaba en la escuela de baile y, si tenía ensayos, me quedaba hasta muy tarde. Pero cuando a uno le gusta, lo hace sin problemas. Todavía en esa época no lo veía como una profesión de la que podría vivir. Eso llegó más tarde.

¿Hiciste otras carreras paralelas?

Empecé Psicología, pero dejé porque había ganado una beca con la fundación Julio Bocca, en Buenos Aires. Volví y entré al Estable de Tucumán. En el medio de eso, comencé la carrera de Fotografía, pero entonces me seleccionaron para el ballet de Salta. Y una vez allí, después de tres años, se me dio la posibilidad de viajar a México, donde formé parte de compañías privadas. Es decir, siempre intenté estudiar, pero lo terminaba dejando por un ensayo o por una posibilidad de trabajo porque esto requiere de mucho entrenamiento, no es sólo hacer tu clase diaria de ballet. Hoy integro nuevamente el Ballet Estable local.

¿Qué sentís cuando bailás?

Es difícil de responder... Mucha emoción y alegría por concretar el trabajo que una hace a diario y también por la posibilidad de hacerle pasar un buen momento al público.

¿Cómo llegaste a la audición de urlezaga?

Mis compañeras me lo habían comentado. Me dije "no pierdo nada con probar", aunque también lo medité porque no es una decisión fácil de tomar cuando ya se tiene casa, pareja y trabajo. Entonces lo charlé con mi novio y él me insistió en que esta era una oportunidad imperdible y en que debía presentarme. Eso es fundamental en la pareja, que me aliente de la misma forma en que lo hizo siempre mi familia, que me llevaba de la mano a las audiciones.

Valentina López

¿Qué sentís cuando bailás?

Es raro, te sentís como cuando estás enamorada. Empecé a estudiar danza porque me gustaba jugar con mis compañeritas, pero después me di cuenta de que me encantaba y, mientras todas iban dejando, yo seguía.

¿Qué Le aportó el baile a tu vida?

Me signó como persona: gracias a la danza soy prolija y superpuntual, no me gusta hacer esperar a nadie. Esa disciplina te la da el baile: a las clases hay que llegar cinco o 10 minutos antes de que empiecen, no hay opción. También me dio oportunidades curiosas: en 2011 me fui a Salta para tomar clases en febrero, ya que aquí estaba todo cerrado. Terminé bailando un año en el ballet de esa provincia. Tenía 19 años y no conocía a nadie, pero se aprende mucho de esas experiencias.

¿Qué sacrificio te demandó?

Me costó mucho mientras era preadolescente, porque esa es la etapa de las fiestas y mis amigas querían salir. Era duro decirles que no porque tenía ensayo hasta la noche o porque debía levantarme muy temprano al otro día. Ahora que soy más grande, me doy maña y salgo igual, pero en ese tiempo renegaba. Otra cosa que me ocurrió es que un año no me fui de vacaciones por ensayar para una audición en Salta y al final no se hizo.

¿Cómo fue el cara a cara con iñaki?

Él siempre me gustó como bailarín y en persona es muy distinto a cómo se lo ve en el escenario. Llama la atención, es muy expresivo. Es también estricto, pero no me parece mal porque para que las cosas salgan bien hay que tener esa personalidad. Al principio me puse nerviosa, pero luego me concentré en disfrutar y eso me tranquilizó.

Flavia Marcantonio

¿Cómo empezaste a bailar?

Bailo desde los ocho años. Mi mamá me mandó a tomar clases medio obligada, yo no quería saber mucho. Pero una vez que comencé, no me quise ir nunca. Siempre ha sido un placer despertarme para ir a bailar.

Ya habías trabajado con iñaki, ¿cómo fue?

Entré al Ballet Concierto a los 18 años, después de una audición que hice en Buenos Aires. Estuve durante dos años y medio, y fue una experiencia única porque es un ballet que presenta muchas funciones y un bailarín se hace a fuerza de funciones. Por otra parte, él sabe sacar lo mejor de cada uno de los artistas. Luego volví e integré, hasta ahora, el Ballet Estable de Tucumán.

¿Cómo te sentís cuando BAILás?

Libre. Cuando una baila y el cuerpo le responde, se siente totalmente libre.

¿Qué te provoca la perspectiva de mudarte a buenos aires?

Soy nómade. Amo Tucumán y no quisiera vivir en ningún otro lugar que no sea este. Todo lo que me hace feliz está acá. Pero, a la vez, esto no deja de ser una gran posibilidad para mí y pienso que para mi provincia también. Ya viví dos meses en Nueva York, adonde fui a tomar clases a la academia American. Es muy lindo porque te hacés amigos de afuera y, además, porque allí está lo mejor de lo mejor en cuanto a ballet, aunque la Argentina es un gran semillero de bailarines.

¿La anécdota preferida de tu carrera?

Cuando me hicieron el primer contrato con Iñaki, tenía 18 años y necesitaba que mis padres me emanciparan para ir de gira. Entonces la llamé a mi mamá y, en la misma frase, le pedí que me emancipara y que me mandara ropa para los viajes. Es decir, no les dejé muchas opciones.