-¿Se define como un escritor comprometido con la realidad de su tierra?

- Evidentemente sí. Por ahí aparece la miseria, la necesidad, el desamparo y el desarraigo; y son los momentos más difíciles. Los momentos en que todos deberíamos mirar la hoja en blanco con mayor lucidez. Entiendo que mi compromiso se hace presente en la prosa. Es cuestión de detectarlo.

- Su actividad en el medio se remonta a 40 años atrás. ¿A partir de qué momento dijo "soy escritor" y cómo relacionó la literatura y el periodismo?

- Nunca dije o digo "soy escritor" porque creo que desde esa frase me equivoco. Lo conceptual se va modificando a través del tiempo. No tengo complejo de escritor, literato y nada referente a este oficio; me gusta escribir y me gusta que la obra salga como un exocet al lector. Nunca relacioné la literatura y el periodismo, no tienen puntos confluentes.

- Tuvo el privilegio de crecer al lado de una generación de talentosos, tales como Francisco Galíndez, Mario Casacci, Juan José Hernández, Ernesto Dumit, Aurelio Salas, Gerardo Ramos Gucemas, Oscar Nóbile, por mencionar sólo a algunos. ¿Considera que se produjo alguna renovación en la cultura local o que todo tiempo pasado fue mejor?

- Se dijo alguna vez que nos juntábamos, todos los ilustres que menciona, en una confitería de la época, pero eso es un mito. Sí recuerdo haberlo hecho con María Eugenia Valentié; era muy joven. Con respecto a la renovación en la cultura local, ¡claro que se renovó! La cultura en sí misma es puro movimiento; revive constantemente. Todo tiempo pasado, es pasado, y se vuelve a él sólo para homenajearlo y retroalimentarnos, nada más. Estamos en la espera, en constante espera.

- ¿Es relevante para la carrera de un escritor del interior la mirada de Buenos Aires? ¿El escritor es universal?

- Un escritor no pertenece a ningún lugar, es un vagabundo. No entiendo eso de las regiones y, a esta altura de mi vida, no espero aprobaciones. Las esperé alguna vez. De alguna manera siempre es interesante la mirada, no sólo de la Capital, sino del mundo, siempre y cuando no venga obnubilada de prejuicios.

- A lo largo de su camino, ¿observa cambios positivos en cuanto a la relación presupuesto-cultura?

- No he visto cambios. Todos son amagues.

- Samuel Beckett dijo que la palabra es todo lo que tenemos. ¿Está de acuerdo? Pienso en sus últimos libros y en el uso deliberado de recursos literarios. ¿Utiliza esto como una metodología de trabajo? ¿Cuál género literario prefiere?

- Estoy de acuerdo con Beckett: la palabra es todo lo que tenemos, no la lengua, cuidado con las diferencias. Mi metodología de trabajo es variada y la cambio continuamente; no es la misma para la novela, el cuento o la poesía. En cuanto a los géneros, soy un irrespetuoso, pero ya que debo elegir me quedo con el cuento breve por una cuestión de economía.

- Recomiéndenos alguno de sus libros y cierre esta entrevista.

- De mis libros recomiendo la novela El Ángel, por su humor, y Ajuste de cuentos, porque es un caleidoscopio adaptable a lectores con necesidades diferentes. Es un libro muy querido porque es una síntesis de mi vida, creo, y lo editó la Secretaría de Extensión de la Universidad Nacional de Tucumán. En cuanto a cerrar la entrevista, hay un pensamiento que ronda mi cabeza: la vida es un hermoso grito de amor, interrumpido.

Por Mónica Cazón © LA GACETA


EL HOMBRE QUE YO INVENTÉ *


Por Osvaldo Fasolo

Compré un par de zapatos,

le puse un par de piernas,

luego el torso,

los brazos, 

el cuello,

la cara completa,

el pelo,

y tuve el hombre.

Pero un hombre desnudo

con zapatos únicamente,

únicamente es ridículo.

Entonces

le puse pantalones,

camisa,

corbata.

- ¡Habla! - le dije,

y habló.

Me miró

(me asusté).

- ¡Inventé un hombre! - grité,

"inventé una vida", pensé,

y tuve miedo de que me dijeran loco

y no me creyeran.

Por eso,

miré la corbata otra vez, hice un nudo distinto,

y apreté,

apreté.


* Publicado en LA GACETA Literaria el 11 de noviembre de 1973.


MICRORRELATOS *

Por Osvaldo Fasolo  

Deseo

Quería ser pez; era pescado.


Corazón imbécil

Tengo el corazón imbécil.

Para colmo…crece.


Sueños

Soñaba que lo estrangulaban. Despertó. Era cierto.


* De su libro Ajuste de cuentos.


Su último libro 

Una prosa que nos transporta a un cosmos misterioso

Por César Di Primio

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Ajuste de cuentos (UNT, 2010) nos trae una selección de microrrelatos, de cuentos y de poemas; escritos varios cuya redacción data de los años 70. De anteriores volúmenes pertenecientes al autor, como El hombre que yo inventé o De mil amores, los opúsculos conservan un carácter común, como si se tratara de textos pertenecientes a un único volumen. Algunos curiosamente anecdóticos, otros impactantes, teñidos de crueldad, de historias cotidianas y terribles, los relatos nos abren las puertas extrañas de un mundo extraño, pero real. Valga como ejemplo la experiencia de mundos paralelos que se entrecruzan en Las Manchas, uno de los cuentos; cargado de situaciones comunes y de diálogos de entrecasa, pero narrado con magnética fuerza.

El autor despliega una prosa certera, minimalista en algunos casos, florida y populosa en otros. Siempre efectiva. El universo en que suceden las historias es una especie de cosmos misterioso y simple, o viceversa. Con lo cual el lector obtiene resplandores del campo y de la pobre ciudad. El lector ingresa en un tiempo y un espacio sólo recuperable mediante el obstinado recuerdo, o el recuerdo de historias legadas por la tradición. El desenlace trágico, con su espíritu griego y un rostro criollo, acecha permanentemente tras los recodos de las historias. Personajes postrados parecen obsesionar al autor: una cama sudorosa o un pobre padre con los "pulmones enfermos". En tono siniestro, una broma, un descuido, un juego pueden siempre iniciar un derrotero fatal. 

El estilo variable del libro, a veces en extremo seco, justo, mínimo pero suficiente, se combina con fraseos largos pero no pesados. La acción en las historias marcha a buen ritmo, ágil, terrible, como en los cuentos de Flannery O'Connor, o como en ese presuroso río de sucesos que ingenuamente llamamos realidad.