La vuelta al mundo de Clementine y Adrien
Una abogada y un aviador franceses se subieron a una avioneta. Bautizaron a su proyecto “Alas para la Ciencia” y consiguieron el patrocinio de gobiernos y empresas europeas para ayudar a los científicos. En Tucumán, sobrevolaron las sierras del Aconquija. Video.

Dice que es feliz. Y enseguida se encoge de hombros. Como si fuese fácil serlo. Clementine (en castellano se pronuncia Clementín) dice, también, que la vida es corta. Entonces -razona ella-, hay que hacer cosas que tengan sentido. Y en pos de esa razón de ser decidió darle vueltas al mundo en un avión, que ofrece a científicos a cambio de alojamiento, comida y combustible.
“Nadie puede sólo. Nosotros ayudamos a ayudar”, prosigue. Es viernes, cerca del mediodía. Aunque estamos en invierno, en agosto la temperatura suele rondar los 30° en esta tierra norteña. Así que Clementine Bacri viste una remera sin mangas, naranja. El mismo color de la ropa que lleva su marido, Adrien Normier, y de las alas del avión con el que han descendido en el aeroclub de Horco Molle.
Los dos son franceses. Han cumplido 32 y 34 años. Están casados; sin hijos. Y aunque sus títulos profesionales indican que ella es abogada y él, ingeniero, se dedican a la aviación como un medio para servir a otros. Y esa es la esencia de su historia. Cuentan, para ello, con el financiamiento de empresas privadas y de organismos públicos, que solventan los viajes de “Wings for Science” (”Alas para la Ciencia”), como han bautizado a su proyecto, en inglés.
Y aunque ambos -y Clementine, puntualmente- hablan el español con fluidez, en sus palabras suena el dejo francés, ese que hace que la letra ere brote de la garganta, como cuando cuenta que se conocieron cuando “égran” estudiantes. Por aquel entonces -prosigue Clementine- habían decidido que, con sus vidas, iban a hacer algo importante. Al cabo de unos años, en 2008, les llegó la oportunidad. Una arqueóloga les encomendó que fotografiaran, desde el aire, un campo en el que habían hallado dos viviendas romanas antiguas. Clementine y Adrien consiguieron un avión y despegaron. Mientras volaban, advirtieron algo raro en un sembradío de trigo, contiguo. Ese año había habido una sequía, y las raíces habían necesitado, por consiguiente, hundirse en la tierra para alcanzar el agua. Sin embargo, sólo algunas espigas habían crecido. Fotografiaron eso, de paso. Y les enviaron las imágenes a los arqueólogos.
Al día siguiente -recuerda Clementine- recibieron un llamado telefónico: era el jefe, del jefe, del jefe, del jefe de la arqueóloga. “¡Es increíble, han descubierto una ciudad entera!”, exclamaba aquel hombre. Y ese fue el comienzo.
La historia de los aviadores y el trigal se esparció de boca en boca. Clementine y Adrien aprovecharon el aventón. Y le dieron forma a su proyecto, en el que ofrecen vuelos para apoyar investigaciones científicas. Luego vinieron las conferencias, los benefactores -como el Museo de Ciencias, de París- y la primera vuelta al mundo, entre 2012 y 2013, en la que colaboraron con 15 exploraciones. Hoy, si uno pone en el buscador de Google “Clementine Bacri y Adrien Normier” aparecen abajo un montón de publicaciones. En febrero de este año empezaron su segunda expedición, que culminará en 2018, de acuerdo con la información consignada en su página. “La mayoría de las veces descubrimos algo. Porque cuando uno cambia el lugar desde el que mira las cosas aparece lo que antes estaba oculto”, dice Clementine.
A estas alturas, puede que el lector tenga curiosidad por saber cómo aterrizaron en Tucumán. Pues bien, la fundación ProYungas, que promueve la conservación y protección de los valles cálidos de la Argentina, se contactó con ellos a través de la embajada de Francia en Buenos Aires. Y les pidió ayuda para estudiar las laderas del Aconquija, ante la posibilidad de que se construya, en esa zona y en unos meses, el dique Potrero de Clavillo y El Naranjal.
“Este proyecto puede servir para poner en valor el paisaje del Aconquija y para fomentar su desarrollo. Por eso, quisimos recabar información fotográfica de los recursos hídricos”, explica Alejandro Brown, director ejecutivo de ProYungas.
Adrien se acerca con una sonrisa a la charla. Hasta ahora había estado cargando combustible en el avión. Cuando se para junto Clementine resalta el naranja que visten ambos. Según la psicología del color, ese tono significa alegría, creatividad y éxito. Entonces, Adrien mira el paisaje que lo envuelve (la pista de pasto y polvo del aeroclub, los cañaverales tucumanos, las montañas y las siluetas de la ciudad), extiende sus brazos y dice: “me gusta viajar, descubrir lugares y ayudar a las personas”. Existen razones para creer que él y su mujer seguirán encontrando el sentido de sus días.
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