Una vida que sigue en movimiento: “Mis años no existen en el ballet”
Inés Díaz retomó la danza después de jubilarse y hoy comparte clases y escenarios con mujeres más jóvenes. Su historia se cruza con otras adultas que encontraron en el folclore y el ballet clásico una forma de aprender, disfrutar y socializar. Desafíos por cumplir.
Resumen para apurados
- En Tucumán, adultos mayores como Inés Díaz eligen aprender ballet y folclore tras jubilarse para mantenerse activos, derribando prejuicios sobre la edad y la danza clásica.
- Docentes locales impulsaron talleres específicos que adaptan la técnica y exigencia física a las capacidades individuales, logrando grupos de hasta 40 alumnos mayores de 50 años.
- Esta tendencia consolida el envejecimiento activo y la socialización en la tercera edad, abriendo nuevos espacios artísticos inclusivos y desafiando los límites convencionales.
A los 66 años, Inés Díaz entra a una clase de ballet, se coloca las mediapuntas y deja de contar los años. La música empieza y el cuerpo tiene que recordar posiciones, secuencias, nombres en francés y movimientos que exigen fuerza, concentración y memoria. En ese momento, para ella, la edad pierde importancia.
“Ponerme las mediapuntas me hace sentir plena, joven sin tiempo, sin edad. Mis 66 años no existen en la clase de ballet”, contó.
Inés se jubiló en 2021. Ese mismo año vio una película sobre un hombre de 70 años que soñaba con bailar ballet y algo volvió a despertarse. Ella había practicado danza cuando era chica, pero aquel deseo había quedado atrás. Después encontró un video de mujeres mayores que bailaban “con tanta armonía y dulzura” y decidió buscar un espacio para adultos. Fue a observar una clase. Nunca más dejó.
Su historia forma parte de una experiencia que se repite en varios espacios de danza de Tucumán. Mujeres y hombres que pasaron los 50, 60 y 70 años llegan al ballet o al folclore con historias distintas. Algunos retoman algo que conocieron décadas atrás. Otros nunca habían dado un paso. Muchos comparten una pregunta antes de entrar por primera vez al salón: si todavía están a tiempo.
Yanina Llenes, maestra bailarina de danzas clásicas, escucha esa duda desde 2018, cuando abrió sus primeros cursos para adultos. “Al principio, a las personas no les resultaba tan fácil animarse porque estaba muy instalada esa idea de que uno puede ser demasiado grande para aprender”, explicó.
Su planteo siempre fue otro. “Si una persona puede aprender a nadar de cero o empezar a jugar al fútbol o al hockey, ¿por qué no podría aprender danzas clásicas?”, sostuvo.
Con el tiempo, los grupos crecieron. Hoy tiene tres cursos completos de adultos y alrededor de 40 alumnos mayores de 35 años. Su alumna de mayor edad tiene 66 años, aunque llegó a trabajar con mujeres de 73.
El ballet conserva su exigencia aunque quien se acerque nunca haya bailado clásico. La clase comienza con una entrada en calor en la barra y continúa en el centro, donde aparecen las secuencias y los desplazamientos.
Los nombres de los pasos están en francés y, además de aprenderlos, hay que recordar cómo se ejecutan, seguir la música y sostener el orden de cada ejercicio.
“Para la tercera clase ya empiezan a entender”, aseguró Llenes. Después agregó: “Llega un momento en el que solamente les marco los pasos, incluso sin hacerlos yo, y entienden perfectamente”.
Algunas alumnas habían danzado cuando eran jóvenes. Otras llegan sin conocimientos. Entre ellas está la mujer que comenzó desde cero hace cuatro años.
Esa alumna es Inés. Su primera clase tuvo algo de descubrimiento y algo de memoria. “Fue recordar mucho de lo que yo había aprendido cuando era chica. Obvio que cuesta empezar a conectar con el cuerpo”, relató.
Nunca sintió que el ballet ya no fuera para ella. “Me gustan los desafíos y cuando quiero algo lo logro”, afirmó. Hoy es la mayor del grupo. Todas sus compañeras son menores que ella y, lejos de vivir esa diferencia como un obstáculo, encontró allí otro estímulo. “Me siento joven con ellas”, contó.
Llenes observa que muchos adultos llegan al ballet porque nunca encontraron una actividad física que les resultara atractiva o porque guardaron durante años el deseo de bailar.
“La danza clásica tiene esto de que uno disfruta mientras está bailando, pero es una actividad física muy completa”, destacó.
Detrás de la aparente suavidad de los movimientos hay trabajo cardiovascular, fuerza, elongación, resistencia y memoria. “Las alumnas terminan cansadas y transpiradas”, señaló la docente.
Pero las clases también construyen algo fuera de la técnica. Las alumnas se hacen amigas, desayunan o cenan juntas y mantienen el vínculo después de abandonar la clase. Para la obra que preparan para estrenar a fin de año, Llenes les dio la posibilidad de decidir si querían participar. En algunos grupos recibió una respuesta colectiva: “Bailamos todas o ninguna”.
Encuentros
En otro espacio, las zapatillas y las mediapuntas dejan lugar a los calzados para chacareras y zambas. Olga Díaz dicta clases de folclore para personas de 55 años en adelante. Entre sus alumnos hay personas de 60, 72 y 75 años.
Las clases son a la mañana temprano, pero el horario no parece desalentar al grupo. Díaz tiene más de 20 alumnos y, en algunas jornadas, llegan a ser 30.
Cada encuentro empieza antes de la música. “Siempre comienzo con relajación y algunos estiramientos. No voy directamente al baile”, explicó.
La intención es que cada alumno pueda participar de acuerdo con sus posibilidades. La docente trabajó durante años en educación especial y pudo trasladar esa experiencia a las clases de adultos.
Todos pueden aprender
En una jornada reciente, el grupo bailaba una “tarantachacarera” cuando un hombre que sufrió un ACV y puede mover solamente un brazo, se le acercó. “Profesora, bailemos”, le pidió. Díaz lo tomó y lo acompañó. “Eso me llena el alma, porque veo el entusiasmo con el que participa”, contó.
Para la profesora, una limitación física no significa necesariamente quedar afuera de la clase. “No quiero que se quede sentado sin hacer nada”, afirmó.
También llegan alumnos sin experiencia. Hace poco, una mujer le confesó que no sabía bailar. Díaz la invitó a comenzar a su lado y a concentrarse primero en los tiempos. “Todos pueden aprender. Nada es difícil si se trabaja de acuerdo con cada uno”, sostuvo.
María Salomé Rodríguez, de 64 años, pertenece a ese grupo de personas que durante mucho tiempo quiso bailar, pero no encontraba dónde hacerlo. “Siempre quise aprender, no sabía dónde ir, tampoco sabía si me encontraría con gente de mi edad”, señaló sobre sus prevenciones.
Hace un año y medio encontró el taller y se quedó. La danza terminó por darle algo más que pasos nuevos. “Soy feliz, me arreglo más”, expresó entre risas. Luego agregó: “Tengo amigas, compañeras. Me alegra el alma ir al taller de folclore”.
Desafío elegido
Tanto en lo clásico como en los estilos populares norteños, las profesoras encuentran una diferencia importante respecto de otros grupos etarios: los adultos mayores llegan porque eligieron estar allí. “Eligió hacer la actividad y quiere disfrutarla”, explicó Llenes.
Esa decisión también modifica la forma de aprender. Las alumnas conocen mejor su cuerpo, reconocen sus propios límites y sostienen las clases desde el deseo.
Para Inés, el ballet combina exigencia y placer. “Es una rutina de mucha concentración y disciplina y también de disfrute cuando logro las coreografías”, contó.
Ya pasó por cuatro años de clases y también otros tantos sobre un escenario. Entre el público hay una imagen que todavía la emociona: sus nietos que van a verla bailar en cada presentación y la aplauden.
Salomé, desde el folclore, tiene un mensaje parecido para quienes todavía miran una clase desde afuera y piensan que dejaron pasar el momento. “Nunca es tarde para empezar. Si les gusta la danza o cualquier otra actividad, la cuestión es salir de lo rutinario”, afirmó.
Inés lo dice desde otro lugar, pero llega al mismo punto: “Que se animen, que sigan su sueño y no piensen que son grandes para esto. Es maravilloso sentir que hay desafíos que uno cree que no logrará y los logra”.
Opciones: días, horarios y lugares para aprender a bailar
Las clases de folklore para adultos mayores que dicta Olga Díaz son los martes y jueves, de 8 a 9, en la Dirección de Adultos Mayores (avenida Adolfo de la Vega al 500). Están destinadas a personas desde los 55 años en adelante. Las clases de danzas clásicas de Yanina Llenes se dictan en el Espacio Cultural La Conquista, ubicado en avenida Conquista 1.078. Son los lunes, miércoles y viernes, de 17 a 18; los martes y jueves, de 20.30 a 22; y los martes, jueves y viernes, de 10 a 11.












