Crianza y emociones: Maritchu Seitún explica cómo hablar de salud mental desde los primeros años

MARITCHU SEITÚN. La psicóloga y especialista en crianza destaca la empatía y los límites como herramientas para acompañar el desarrollo emocional de los chicos.
MARITCHU SEITÚN. La psicóloga y especialista en crianza destaca la empatía y los límites como herramientas para acompañar el desarrollo emocional de los chicos.

El impulso por hacer desaparecer la tristeza rápida o apurar las respuestas puede impedir que un niño valide su propia experiencia. Cómo escuchar sin corregir y acompañar el dolor sin hundirse con ellos.

Por Ariane Armas 10 Octubre 2026

Resumen para apurados

  • La psicóloga Maritchu Seitún explicó en Argentina cómo abordar la salud mental en la infancia temprana mediante empatía y límites para validar las emociones de los chicos.
  • La especialista advierte que apurar el alivio del malestar anula el aprendizaje infantil. Investigaciones recientes respaldan el rol del diálogo parental en el desarrollo afectivo.
  • El enfoque busca dotar a los niños de herramientas para tolerar la frustración y resolver conflictos, sentando bases sólidas para su autonomía y bienestar mental a futuro.
Resumen generado con IA

Para los chicos, la pregunta cotidiana que hacen los adultos -y que no siempre abre una conversación- presenta una dificultad adicional. Preguntar “¿cómo estás?” supone que del otro lado hay alguien capaz de identificar y expresar lo que siente. Un niño puede estar triste, celoso, asustado o atravesando una emoción para la que todavía no tiene nombre, sin saber siquiera si eso que siente merece ser contado.

“A los chicos les cuesta darse cuenta de que no están bien. No tienen punto de comparación”, explica la psicóloga y especialista en crianza Maritchu Seitún. Esta dificultad también invita a revisar la experiencia de los padres: reconocer otras formas de acompañar puede resultar difícil cuando no las vivieron durante su propia infancia.

Por eso, para Seitún, la conversación sobre salud mental no empieza con un diagnóstico ni cuando aparece una situación que alarma a los adultos. Empieza mucho antes, en esas pequeñas escenas cotidianas en las que un adulto nombra lo que observa y un chico descubre que su mundo interno puede ser comprendido por otro.

“Es importante hacerles preguntas varias, interesados, no preocupados o asustados”, plantea. La diferencia está en cómo se pregunta. Una pregunta cargada de miedo puede transmitirle al niño que lo que siente es peligroso. La curiosidad genuina, en cambio, le abre la puerta para contar.

Existe, además, un paso más complejo para los adultos: escuchar la respuesta sin intentar corregirla.

Seitún insiste en que no hay que criticar lo que expresan los chicos, pero tampoco minimizar su sufrimiento. Muchas veces esto se hace por amor, para evitarles el dolor, y así surgen frases como “no es para tanto”, “ya va a pasar” o “no te pongas así”. El problema es que, al intentar apurar la desaparición de una emoción incómoda, también puede transmitírseles el mensaje de que esa emoción no debería existir.

Conocer las emociones

Hablar de salud mental en la infancia no se limita a hablar de trastornos o diagnósticos. Se trata, más bien, de construir las condiciones que le permiten a un niño establecer vínculos estables, jugar, aprender, hacer amigos y participar de actividades que disfrute.

Es un proceso que se inicia antes de que el niño pueda expresar con palabras lo que siente. “Empezamos desde bebés”, explica la especialista. Los adultos pueden relatar lo que les ocurre a ellos mismos y lo que interpretan que podría estar sintiendo el bebé (“Te aburre que te cambie el pañal” o “Hoy ando medio preocupada”).

Aunque el bebé no entienda el significado exacto de las palabras, registra los tonos, las expresiones de quien lo cuida. La presencia de alguien que intenta comprenderlo puede ayudarlo a construir una sensación de seguridad en el vínculo.

A medida que crecen, las palabras deben acompañar el desarrollo infantil. No siempre hace falta recurrir a términos abstractos como ansiedad o angustia.

“Cuando van creciendo, hablemos en las palabras que ellos usan”, propone Seitún. Es mejor partir de situaciones concretas: “Estás muy enojado”, “No es divertido perder”, “Qué fiaca dejar de jugar para irse a bañar” o “Qué susto ese ruido”. Primero aparece la experiencia; después, el nombre.

Desaparecer la tristeza

En la crianza opera una paradoja frecuente: el deseo de que los hijos estén bien puede llevar a los padres a querer eliminar precipitadamente cualquier atisbo de malestar.

La tristeza, la frustración, los celos, el miedo y el enojo pueden generar incomodidad y, a menudo, angustia en los adultos. De allí puede surgir el impulso inmediato de intervenir. “Lo hacemos por amor”, reconoce Seitún.

No obstante, este despeje sistemático del camino puede producir un efecto adverso. Si un chico siente celos y el adulto le explica de inmediato que no tiene motivos para sentirlos, el niño puede empezar a desconfiar de su propia vivencia (“Ah, no debería sentir esto”).

Así pueden perderse oportunidades valiosas para que aprenda a transitar emociones complejas y a desarrollar sus propios recursos. Paralelamente, si la presencia de los padres se convierte en un filtro permanente que resuelve cada contratiempo, afrontar situaciones sin ellos puede volverse más difícil.

“Cerca de papá y mamá la vida me sonríe y, apenas me alejo, empiezan las dificultades que no tengo práctica para afrontar”, advierte. Acompañar, por lo tanto, no significa despejar el terreno de todo obstáculo.

Frente a esto, cabe preguntarse cuándo alcanza con acompañar y cuándo es necesario intervenir de manera directa.

Para Seitún, la premisa es acompañar siempre, pero no resolver siempre. El objetivo es buscar junto con el niño las herramientas para abordar lo que le ocurre, e intervenir de manera directa cuando es necesario protegerlo, por ejemplo, ante situaciones de maltrato, abuso o dificultades que superen sus recursos para afrontarlas.

En ese marco, la especialista plantea una distinción: aunque el adulto acompañe y asuma su responsabilidad de cuidado, no puede atravesar la experiencia en lugar del niño.

Esto implica que los padres deben estar presentes, escuchar, ayudar a pensar alternativas, fijar límites y proteger, pero no pueden vivir la experiencia en lugar de sus hijos. “Es su tema y no el nuestro”, sintetiza. A la vez, propone acompañarlos “sin hundirse junto a ellos”.

Ese equilibrio exige asumir que la infancia no transcurre al margen de la frustración. Un niño va a perder, va a enojarse, va a sentir miedo, va a sentirse desplazado y atravesará conflictos con sus pares. Una crianza orientada a la salud mental no busca construir una vida libre de tropiezos, sino ofrecer la presencia de un adulto disponible cuando aparecen esas dificultades, dándole al chico el espacio necesario para descubrir que es capaz de atravesarlas.

La evidencia

La investigación sobre desarrollo emocional aporta información sobre el papel de estas interacciones cotidianas. Un metaanálisis de 2021 examinó la relación entre las prácticas parentales vinculadas con las emociones -como mostrar cómo los adultos expresan sus propios sentimientos, responder a las emociones de los hijos y conversar sobre ellas- y las habilidades emocionales de niños en edad preescolar. Encontró asociaciones positivas pequeñas, que no fueron estadísticamente significativas en todos los casos. El estudio fue realizado por Katherine M. Zinsser, Rachel A. Gordon y Xue Jiang, y publicado en Early Childhood Research Quarterly.

En la misma línea, un metaanálisis publicado en 2023 en Clinical Psychology Review reunió 15 ensayos controlados aleatorizados que evaluaron programas de entrenamiento parental en estrategias de acompañamiento emocional. Los resultados mostraron mejoras en las prácticas parentales y efectos pequeños a moderados en la competencia emocional de los hijos. Sus autores fueron Gillian England-Mason, Krysta Andrews, Leslie Atkinson y Andrea Gonzalez.

Estos resultados respaldan la importancia de los vínculos en el desarrollo de las competencias emocionales, sin establecer que la actitud parental determine por sí sola el bienestar futuro ni ofrecer una fórmula única para la crianza.

Esto remite a la pregunta central: ¿cómo leer lo que le pasa a un chico cuando no puede ponerlo en palabras?

Las respuestas rara vez surgen de grandes discursos. Se encuentran en la observación del juego, en los cambios de conducta, en la manera de reaccionar ante una frustración o en el trasfondo de una frase suelta. Ese acompañamiento requiere preguntar sin interrogar y escuchar sin la urgencia de reparar. No se trata de sobreinterpretar cada cambio de humor ni de pasarlo por alto; se trata de mantener abierta la vía de comunicación para que el niño sepa a dónde recurrir cuando algo duela.

Por eso, cuando se le pregunta a Maritchu Seitún cuál sería la herramienta fundamental que madres y padres deberían incorporar para resguardar la salud mental de sus hijos, la especialista evita las recetas técnicas o los listados de síntomas.

Su respuesta se sintetiza en dos conceptos: “Empatía y límites”.

 Empatía para que los chicos sientan que sus emociones son reconocidas y sepan que hay un adulto dispuesto a escuchar; límites para protegerlos en las áreas donde todavía no cuentan con recursos para cuidarse por sí mismos. En el espacio que se abre entre ambos pilares se despliega la tarea adulta: ayudar al niño a poner en palabras lo que siente y acompañarlo a descubrir que puede atravesar lo que le toca vivir.  

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