La historia real detrás de "Cautiva": cómo eran las torturas en el convento de clausura de Nogoyá

La historia de Silvia fue una de las que salió a la luz en 2016, cuando una investigación periodística de Daniel Enz, titulada "El convento del sufrimiento", reveló denuncias de exreligiosas sobre las condiciones de vida dentro del monasterio de Nogoyá.

La historia real detrás de Cautiva: cómo eran las torturas en el convento de clausura de Nogoyá
Por Mercedes Mosca Hace 4 Hs

Resumen para apurados

  • La miniserie Cautiva expone las torturas que Silvia Albarenque denunció en 2016 en un convento de Nogoyá, Entre Ríos, por el régimen de aislamiento y castigo de su superiora.
  • Durante 15 años de encierro, la víctima sufrió mordazas, cilicio y aislamiento forzado; el caso se reveló tras una investigación periodística que impulsó la causa judicial.
  • La producción reabre el debate sobre las condiciones en órdenes de clausura y resalta el impacto psicosocial en quienes logran reinsertarse tras años de aislamiento forzado.
Resumen generado con IA

La miniserie "Cautiva", dirigida por Paula Hernández y Jazmín Stuart, reconstruye una historia inspirada en un caso real ocurrido en 2016 en el convento de Nogoyá, Entre Ríos. Uno de los aspectos más estremecedores del relato es el régimen de castigos y sometimiento que, según contó Silvia Albarenque, sufrió durante los años que permaneció como religiosa.

Silvia ingresó al convento del Carmelo de Nogoyá después de abandonar sus estudios de Psicología y atravesar una etapa de incertidumbre personal. Lo que comenzó como una búsqueda de contención y una manera de encontrar un nuevo rumbo terminó convirtiéndose, de acuerdo con su testimonio, en una experiencia marcada por el aislamiento, las restricciones y distintos métodos de castigo.

Qué torturas sufrió Silvia en el convento de Nogoyá

Según el relato de la exreligiosa, uno de los castigos más frecuentes era la colocación de una mordaza. Luisa Toledo, quien se desempeñaba como superiora del monasterio, le colocaba en la boca un tubo de vitaminas perforado que quedaba sujeto detrás de su cabeza mediante un elástico.

Silvia contó que podía permanecer con la mordaza durante varios días y que solamente se la retiraban para poder comer. La duración del castigo dependía, según explicó, de la gravedad que la superiora atribuyera a la conducta que había considerado una falta.

Los castigos también podían incluir aislamiento y restricciones en la alimentación. Silvia relató que era encerrada en su celda y que en algunas ocasiones le dejaban únicamente una botella de agua y un pan para pasar el día.

Los períodos de encierro podían extenderse durante varios días. Durante ese tiempo permanecía dentro de la habitación, con las puertas y ventanas cerradas y sin luz artificial. Además, quedaba excluida de las actividades que realizaban las demás religiosas.

Aislamiento, ayuno y prohibición de hablar

El aislamiento no se limitaba al encierro físico. Silvia contó que durante los castigos no podía participar de los recreos, momentos en los que las religiosas podían conversar entre ellas, ni compartir las comidas o las tareas comunitarias.

En algunas ocasiones debía ingresar al comedor cuando las demás ya habían terminado. También se le impedía participar de actividades como cocinar, trabajar en la huerta o colaborar con otras hermanas.

Según su testimonio, incluso llegó a ser responsabilizada por faltas que habían cometido otras religiosas. La superiora la habría señalado como una influencia negativa para las demás y utilizaba esa acusación como argumento para justificar nuevos períodos de aislamiento y ayuno.

Silvia pidió salir del convento durante años

Con el paso del tiempo, Silvia comenzó a pedir reiteradamente que le permitieran abandonar la vida religiosa. Quería recuperar el contacto con su familia, a la que llevaba años sin ver.

Según relató, llegó a considerar la posibilidad de comunicarse con Alberto Puiggari, entonces arzobispo de Paraná, para pedir ayuda. Sin embargo, aseguró que Toledo le prohibió tener lápiz y papel, lo que dificultaba cualquier intento de comunicarse con personas del exterior.

El régimen de obediencia también habría sido utilizado para impedirle abandonar el convento. Mientras Silvia insistía en recuperar su vida fuera del monasterio, la autoridad de la superiora funcionaba como una barrera para concretar su salida.

El castigo después de un intento de quitarse la vida

La situación llegó a un punto extremo cuando Silvia intentó quitarse la vida. De acuerdo con su relato, comenzó a golpearse reiteradamente la cabeza contra el piso.

Según contó, la respuesta de la superiora fue imponerle otro castigo: utilizar un cilicio entre las piernas. El episodio forma parte del testimonio con el que Silvia reconstruyó los años que pasó dentro del monasterio.

Finalmente logró abandonar el convento después de aproximadamente 15 años. Su regreso al mundo exterior estuvo acompañado por situaciones cotidianas que evidenciaban cuánto había cambiado su vida durante ese período.

Al entrar a un supermercado, por ejemplo, no sabía cómo funcionaban las cajas ni comprendía algunos de los medios de pago que utilizaban los clientes. También tuvo dificultades para orientarse por las calles de su propia ciudad, que habían cambiado durante los años que permaneció aislada.

La historia de Silvia fue una de las que salió a la luz en 2016, cuando una investigación periodística de Daniel Enz, titulada "El convento del sufrimiento", reveló denuncias de exreligiosas sobre las condiciones de vida dentro del monasterio de Nogoyá. El caso derivó en una investigación judicial que involucró a la entonces superiora Luisa Esther Toledo y a las excarmelitas Silvia Albarenque y Roxana Peña.

La experiencia también marcó la vida posterior de Silvia. Tras salir del convento, retomó sus estudios y en 2022 se graduó como docente de Literatura. También abandonó la vida religiosa y se definió como agnóstica. Su historia, atravesada por años de aislamiento y sometimiento según su propio testimonio, es uno de los puntos de partida de Cautiva.

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