Cómo proteger el patrimonio cultural de Tucumán y evitar que se pierda
Resumen para apurados
- La arquitecta Silvia Fajre disertó este martes en el Colegio de Arquitectos de Tucumán sobre la urgencia de gestionar y dar nuevos usos al patrimonio local para evitar su deterioro.
- Fajre advirtió que los inmuebles sin utilidad social van hacia la destrucción y remarcó que el patrimonio excede lo edilicio para abarcar la identidad cultural de la comunidad.
- Se plantea articular al Estado y a la ciudadanía para proteger estos recursos no renovables, transformándolos en motores de desarrollo económico e integración social a largo plazo.
El patrimonio suele aparecer asociado a edificios antiguos, fachadas históricas o monumentos. Sin embargo, para la arquitecta y planificadora urbana Silvia Fajre, esa mirada quedó atrás. El concepto es mucho más amplio y, sobre todo, tiene una relación directa con la identidad, la memoria y el futuro de una sociedad.
“Se piensa que el patrimonio son solo las cosas viejas. Y en realidad no son las cosas viejas, son las cosas valiosas que una comunidad decide proteger y trasladar de alguna manera a la generación que sigue”, explicó Fajre en diálogo con LA GACETA, quien este martes brindará la charla “Conocer, proteger y gestionar nuestro patrimonio”, en la sede del Colegio de Arquitectos de Tucumán.
Para la especialista, preservar el patrimonio implica también una responsabilidad entre generaciones. “Nosotros tenemos la obligación de recibir un patrimonio que legamos de nuestras generaciones anteriores y darlo igual o mejor a los que nos siguen”, sostuvo en LG Play.
La propuesta de su exposición se estructura alrededor de tres conceptos: conocer, proteger y gestionar. El primero aparece como condición indispensable para los otros dos. “No se puede ni proteger ni gestionar lo que no se conoce”, afirmó.
Un concepto que fue cambiando
Fajre señaló que la noción de patrimonio evolucionó considerablemente durante las últimas décadas. Ya no se limita a los edificios ni a los objetos materiales, sino que incluye un conjunto de bienes significativos para una comunidad: desde construcciones y espacios urbanos hasta músicas, bailes, procesiones y otras expresiones culturales.
“Es un conjunto de bienes muy significativos para la comunidad, de los cuales una comunidad aprende y se posiciona”. En ese sentido, consideró que hablar de patrimonio también supone hablar de política, porque implica preguntarse quiénes somos, qué sociedad queremos construir y hacia dónde pretendemos avanzar.
“Yo siempre digo que el patrimonio es futuro”, afirmó. “Nosotros desapareceremos, pero ese patrimonio va a continuar”.
La especialista vinculó esta cuestión con los efectos de la globalización y el riesgo de que las sociedades pierdan sus rasgos particulares frente a una creciente homogeneización cultural. Para Fajre, tener una identidad propia no significa cerrarse al mundo, sino poder relacionarse con otros desde un lugar de igualdad.
“No estoy hablando de una identidad cerrada, vertical, sino multifacética, dinámica, que cambia a lo largo de la vida. Y que es bueno que cambie, pero me pone en un lugar de par con el otro y no como un consumidor que simplemente consumo la identidad del otro”.
Educación y patrimonio
Fajre también puso el foco en el rol de la educación y la cultura. Consideró que existe una deuda en la formación desde los primeros niveles educativos y remarcó que el conocimiento constituye uno de los recursos fundamentales para el desarrollo de una sociedad.
“El saber no es solamente la instrucción, es la educación y es la cultura”, sostuvo. Y fue más allá: “Yo creo que la cultura es la llave del desarrollo”.
Dentro de ese proceso de construcción social de valores, ubicó al patrimonio como aquello que permanece y que permite establecer vínculos entre generaciones y distintos sectores de la sociedad.
“El patrimonio tiene una cosa que para mí es maravillosa, es una amalgama social. En la mitad de la crisis lo que nos une es el patrimonio. Distintas edades, distintas clases sociales, distintos niveles educativos, todos podemos disfrutar de ese patrimonio que sentimos como propio”, señaló.
“No hay protección sin gestión”
Uno de los principales desafíos, según Fajre, está en pasar de la valoración del patrimonio a una verdadera política de gestión. “No hay protección sin gestión”. Para la arquitecta, es necesario que la sociedad pueda apropiarse de los bienes patrimoniales, disfrutarlos y establecer con ellos un vínculo emocional.
“El patrimonio es de la gente y es para la gente. Nosotros tenemos que hacer que la gente disfrute de ese patrimonio y genere un vínculo emocional con ese patrimonio, de manera tal que permanezca en la vida de la gente y la gente desee protegerlo”, explicó.
La tarea, sin embargo, no es sencilla. Fajre señaló que en Argentina existen dificultades vinculadas con las normativas, los recursos económicos y la capacidad de hacer cumplir las disposiciones destinadas a proteger los bienes culturales.
Pero también identificó un problema más profundo: la falta de conciencia acerca del valor económico y social del patrimonio.
“Es un capital social que debemos proteger porque es capaz de generar un capital económico muy importante. Genera empleo, genera identidad, genera orgullo, genera narrativa, genera profundidad”, enumeró.
Y advirtió que cada pérdida patrimonial tiene consecuencias que van más allá de la desaparición física de un edificio o de un objeto. “Cada vez que se pierde uno de estos elementos, nuestra narrativa es más plana”, sostuvo.
La mirada sobre San Miguel de Tucumán
Al referirse específicamente a la capital tucumana, Fajre fue crítica. Aunque se definió como una “tucumana exilada” -estudió en la provincia y conserva un fuerte vínculo con la ciudad-, aseguró que al recorrer San Miguel de Tucumán percibe que parte de su patrimonio permanece invisibilizado.
“Me da la impresión de que a veces invisibilizamos el patrimonio y me impresiona ver que muchos edificios maravillosos no están en uso”, señaló.
En ese punto planteó una de las claves para la conservación de las construcciones históricas: encontrarles un uso que permita mantenerlas activas y sostenibles.
“Todo edificio que no tiene uso está destinado a la destrucción”, afirmó. Por eso, consideró necesario encontrarles “un uso social”, demostrar que esas construcciones todavía pueden ser útiles y evitar que desaparezcan.
El patrimonio como un recurso no renovable
Fajre consideró que el patrimonio todavía ocupa un lugar irregular en la agenda política y pública argentina. Sin embargo, destacó un fenómeno que considera alentador: el creciente interés de los ciudadanos.
“La cantidad de gente que no son profesionales, pero que empiezan a mirar la ciudad, a levantar la vista, a ver las cúpulas, a ver edificios que desaparecen, a defender patrimonios que antes eran invisibles para la sociedad, demuestra que la sociedad cada vez entiende que ese es un recurso no renovable”, señaló.
Para la especialista, esa participación ciudadana es fundamental en un país con recursos limitados. “Nosotros, como país que somos pobres, no podemos tirar como si fuésemos ricos”, afirmó.
En Tucumán encontró un ejemplo positivo en la recuperación del Templo de San Francisco, un proceso que destacó por el trabajo de la arquitecta Olga Paterlini y su equipo y por la participación que generó alrededor de la restauración.
“Hay muchos ejemplos en el mundo que nos permiten visualizar que sí podemos, aunque tengamos pocos recursos”, sostuvo.
La preservación, agregó, no necesariamente comienza con grandes obras. También puede surgir de acciones cotidianas: cuidar una casa, un barrio, una calle o aquellos elementos que forman parte de la identidad de una comunidad aunque no siempre sean reconocidos como patrimonio por los especialistas.
“Yo siempre digo que el patrimonio es algo más que una moldura vieja. Que el patrimonio es una lucha por identificar y saber quiénes somos”, resumió.
Una responsabilidad compartida
Para Fajre, el Estado tiene un papel central en este proceso, aunque no puede afrontar solo la tarea. “El Estado tiene la obligación indelegable de proteger, pero no lo puede hacer solo”, afirmó.
La conservación requiere, según explicó, una articulación entre las políticas públicas, la sociedad y profesionales capacitados. Y esa necesidad se vuelve todavía más evidente a medida que se amplía el concepto de patrimonio.
“Cada patrimonio, ya sea una música, ya sea un baile, ya sea un edificio, una procesión, requiere una estrategia determinada y requiere una expertise para llevarlo adelante”, sostuvo.
Pero además planteó una cuestión fundamental: no se puede gestionar el patrimonio como una colección de elementos aislados. Hay que pensar en el territorio como un sistema.
“Uno trabaja con muchos sectores o muchos especialistas, pero el resultado es que uno posiciona territorios determinados”, explicó.
Como ejemplo recordó su experiencia en el casco histórico de la ciudad de Buenos Aires, donde se produjo un cambio de paradigma: de proteger únicamente edificios determinados a preservar una zona completa, con todo lo que forma parte de ella. “Inclusive, y por supuesto, la gente”, concluyó.







