Messi, Nolan y la flecha del tiempo

El capitán cuelga la celeste y blanca mediante una carta escrita hace un mes, como si el tiempo, en su despedida, hubiera decidido jugar una última partida. Son más de veinte años de una epopeya que, vista en retrospectiva, se parece mucho a una película de Christopher Nolan: fragmentada, circular y devastadoramente humana.

Hace 8 Hs

Por Fabián Gautero
Para LA GACETA - TUCUMÁN

Hay un fragmento en Memento, aquella película que en el año 2000 convirtió a Christopher Nolan en un nombre ineludible del cine, en que Leonard Shelby, el protagonista que no puede generar nuevos recuerdos, se tatúa en el pecho una frase que resume su existencia: “Recuerda a Sammy Jankis”. La memoria, en el universo de Nolan, es un rompecabezas que cada quien arma como puede; en Lionel Messi, la marca de su Ser argentino.

El capitán, que anunció su retiro de la Selección a los 39 años, escribió su despedida el 21 de julio, dos días después de la final del Mundial. Pero no la publicó entonces. La guardó durante más de un mes. Y recién ahora, tras el fallecimiento de su padre Q.E.P.D, decidió que era el momento. Lo hizo a través de una carta que ya circula como un documento sagrado, empieza con una frase que Nolan podría haber escrito para uno de sus antihéroes atormentados: “Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección”. Y luego, la confesión que parte el alma: “Me vacié, ya no tengo más para dar”.

Es una caprichosa casualidad del destino que esta despedida llegue en el mismo año en que Nolan estrenó La Odisea. Porque la carrera de Messi con la selección, vista desde la distancia, es exactamente eso: una Odisea contada con la estructura narrativa del director británico. Es decir: no lineal, fragmentada, con flashbacks que explican el presente y un héroe que tarda en aparecer porque su verdadera historia se va tejiendo lentamente.

El tiempo como enemigo

Nolan construye sus películas en torno al concepto de tiempo. En Origen, los sueños tienen capas y cada capa dilata la percepción temporal. En Tenet, el tiempo viaja hacia atrás y hacia adelante simultáneamente. En La Odisea, el director juega con la estructura in media res del poema original: la historia empieza en mitad del viaje, y el héroe, Odiseo, tarda bastante en aparecer.

Messi, durante veinte años, vivió esa misma distorsión temporal. Hubo un tiempo en que cada final perdida parecía un bucle infinito. El Maracaná 2014, las tres finales de Copa América (2007-2015-2016) eran como los sueños dentro de los sueños de Origen: cada derrota nos hundía una capa más, y el tiempo se estiraba hasta volverse insoportable. El héroe no llegaba nunca a Ítaca. Los pretendientes, esos críticos que decían que no daba la talla, ocupaban su trono. Y la copa, la copa, siempre en el horizonte, como el arco de Ulises que nadie podía tensar.

La fisión y la fusión de un héroe

Oppenheimer, quizá la obra cumbre de Nolan, está dividida en dos partes: “Fisión” y “Fusión”. La primera muestra el conflicto interno del científico; la segunda, la percepción externa que el mundo tiene de él. Esa dualidad podría aplicarse sin esfuerzo a la carrera de Messi en la Selección.

La fisión: el Messi que lloró en el vestuario de 2016, el que renunció y después volvió, el que se preguntaba si algún día podría ser querido en su propio país. El Messi que, como Oppenheimer, cargó con el peso de una creación que no podía controlar del todo: su propio genio. Y uno piensa en el científico de Los Álamos, que después de la detonación supo que había cambiado el curso de la historia, pero también que ese cambio lo destruiría por dentro.

La fusión: el Messi que el mundo ve. El campeón del mundo. El que levantó la Copa en Qatar 2022 y exorcizó todos los fantasmas. El que, como Odiseo después de matar a los pretendientes, recuperó su trono y el lugar en la memoria de su pueblo. Ese Messi, el de la foto con la copa, es el que escribe ahora: “Me voy con la tranquilidad y el orgullo de haberles regalado, juntos con mis compañeros, momentos soñados”.

Pero la fisión y la fusión, en la película de Nolan, no son opuestas. Son la misma cosa. Como en la carrera de Messi: el que sufrió y el que triunfó siempre fueron la misma persona. Solo que el tiempo, ese narrador caprichoso, decidió mostrar primero una cara y después la otra.

El regreso a Ítaca

En La Odisea de Nolan, el viaje de regreso de Odiseo dura 10 años. En la de Messi, la duración es similar, si comenzamos a contar desde aquella aciaga final de 2016 en suelo norteamericano; el mismísimo Estadio de New Jersey en donde 10 años después, Messi no sintió las piernas y rubricó su fusión como ídolo junto a Maradona, a quien “se las cortaron” en 1994. Pero el final es el mismo: el héroe llega a casa. No a la casa física, sino a la casa de los argentinos, ese lugar del que durante años fue desterrado por la incomprensión y la ingratitud.

La carta de Messi es el flashback final. Es el momento en que Leonard Shelby, en Memento, descubre la verdad que había estado tatuada en su propia piel todo el tiempo. Es el instante en que Cobb, en Origen, decide no mirar si su tótem sigue girando. Es el punto en que Oppenheimer, ante el tribunal, entiende que la verdadera destrucción no ocurrió en el desierto, sino en las salas de los comités políticos y en su propia conciencia.

“Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección”, escribe Messi. Y esa conjugación de tiempos verbales -presente, pasado, futuro- es la prueba que, para él, el tiempo nunca fue lineal. Fue, como en las películas de Nolan, una experiencia que se pliega, se estira, se fragmenta y, finalmente, se resuelve en un acto de amor.

El héroe que “se” baja del barco

Ahora, Messi anuncia que será un hincha más. “Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera”. Es, quizás, el gesto más humano de toda su Odisea. Porque el héroe, en el universo de Nolan, nunca es el que vence a los monstruos. Es el que, después de haberlos vencido, decide que ya no necesita luchar.

Ulises, en el poema de Homero, regresa a Ítaca y mata a los pretendientes. Pero después, ¿qué hace? Se sienta. Descansa. Mira el mar que ya no necesita cruzar. Messi, hoy, hace lo mismo. Su viaje terminó. La copa está en la vitrina. Los fantasmas, acallados. Y el tiempo, por fin, dejó de ser un enemigo.

“Gracias Dios por hacerme argentino”, cierra su carta. Y nosotros, los argentinos, le agradecemos a él. Porque nos regaló una epopeya que, como las mejores películas de Nolan, no se olvidará jamás. Una historia de tiempo, de memoria, de derrotas y de redención. Una historia que, vista en retrospectiva, solo podía tener un final escrito por el propio protagonista.

© LA GACETA

Fabián Gautero - Psicólogo, filósofo y escritor. Fab22.gaut@gmail.com

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