
Tener una calculadora no basta para convertirnos en expertos en matemática como tampoco tener acceso a Google nos hace conocedores de todo el acervo universal. Las herramientas conviven con nosotros y sin nuestra capacidad de razonamiento son tan sólo piezas de plástico, chips o códigos almacenados en la nube. Sin embargo, el hecho de que existan estos instrumentos cambia nuestro modo de habitar el mundo. Antes de que existiera el teléfono celular era imposible considerar que podíamos comunicarnos con cualquier persona sin importar dónde estuviese. Nuestro mapa mental se transformó a partir de su existencia; y ahora sabemos que el teléfono es mucho más que un aparato para hablar de forma inalámbrica.
Estos dispositivos son revolucionarios principalmente porque transformaron radicalmente actividades centrales de nuestra cultura. Modifican nuestra manera de comunicarnos, de preservar nuestra memoria, hasta de estar solos. A diferencia de otras innovaciones, lo que se observa con la inteligencia artificial es su velocidad de adopción. Y no digo solo conocimiento, sino de apropiación en términos de incorporar sus prestaciones a distintos ámbitos de la vida cotidiana. Sin ir más lejos, hace unos días pregunté a mis alumnos de primer año de periodismo cómo podrían definir a la IA. Solo uno de ellos mencionó a ChatGPT, los demás expresaron frases como: “mejorar la capacidad de búsqueda”, “ordenar la información”, “aprender más rápido”, “precisar el trabajo”. Es decir, nadie hizo mención a una aplicación, sino a actividades, destacando cómo dicha tecnología está transformando su relación con la información y el conocimiento.
Un grupo de investigadores de Microsoft advirtió justamente de estas transformaciones y se preguntaron no solo cómo estamos incorporando a la IA en la generación de conocimiento. Fueron más allá e indagaron si realmente estamos disminuyendo nuestro esfuerzo cognitivo al utilizar herramientas como ChatGPT, las cuales están definidas dentro de las IA generativas, es decir, aquellas que producen nuevos contenidos a partir de su entrenamiento. La investigación “El impacto de la IA generativa en el pensamiento crítico”, publicada a principios de este año, encuestó a 319 trabajadores que producen conocimiento, quienes revelaron aspectos que podrían responder si realmente estamos reduciendo nuestra capacidad crítica al utilizar estas nuevas tecnologías.
Confianza
Uno de los puntos más críticos de dicho trabajo es que los profesionales depositan altos niveles de confianza en las IA generativas para sus tareas laborales y según los investigadores esta actitud podría reflejar una reducción del pensamiento crítico. Esta es una de las principales conclusiones a las que llegaron y sostienen además que si bien la IA puede aumentar la eficiencia -tal como lo señalaban los alumnos de primer año de periodismo-, también “puede inhibir el pensamiento crítico y fomentar la dependencia, ya que una mayor confianza en la IA se asocia con un menor esfuerzo en el pensamiento crítico”.
Entre los ejemplos que menciona el artículo para ilustrar la reducción del pensamiento crítico, se destaca, por ejemplo, la reducción en tareas de redacción, la generación de ideas, la programación o el análisis de documentos. Los profesionales admitieron que la eficacia los ha llevado también a reducir el tiempo para verificar el texto generado o la calidad de código de programación, algo tan central para proporcionar un resultado de calidad.
Años de estudio, preparación y experiencia pueden ser centrales para formar un pensamiento crítico y una mayor inteligencia para el desarrollo de complejas tareas, pero al parecer estamos “descargando nuestros cerebros” en sistemas de IA generativa con el objetivo de hacer más tareas y a mayores velocidades. El propio estudio de Microsoft alerta que así como una mayor confianza en la IA se asocia con menos pensamiento crítico, una mayor autoconfianza se asocia con más pensamiento crítico.
La IA, sin dudas, nos está ayudando a ser más productivos. Pero si nuestra producción se centra sólo en copiar y reproducir el resultado de sus generaciones, estamos perdiendo una batalla que la ciencia supo librar durante tantos años. ¿Y si vamos más allá del pensamiento crítico, cuál será el espacio para la creatividad o la innovación en estos procesos? ¿Habrá tecnologías que promuevan nuevas y profundas reflexiones? Deberíamos preguntarnos entonces por el futuro, para que cuando llegue el momento, no seamos nosotros los robots que solo repiten tareas de forma mecánica. Y de eso tenemos que hacernos cargo, porque estamos seguros de que ChatGPT nunca nos dirá “no sé, pensalo vos”.