Este paisaje recibe a quienes se bajan del avión

Junto al puente Ingeniero Barros, camino al aeropuerto, se extiende el inmenso basural. Es una zona de marginalidad extrema

Este paisaje recibe a quienes se bajan del avión
17 Septiembre 2012
El sol hacía hervir las chapas de esa especie de casa rodante que funciona como destacamento. A unos 20 metros hacía el río, la tierra desaparecía debajo de una alfombra de bolsas y de elementos indescifrables entre los que caminaban chicos y caballos. Brotaba un hedor tan espeso que parecía tangible. Junto al destacamento, Carlos Marchese, policía de Delitos Rurales y Ecológicos, transpiraba su ropa de civil y observaba el casi inabarcable basural que se extiende junto al puente Ingeniero Barros, camino al aeropuerto. Su obligación y la de sus dos compañeros es evitar que siga creciendo. Pero en el entorno de marginalidad extrema de la Costanera parece casi imposible.

"Es muy difícil cambiar costumbres. Las mismas personas que viven acá (por las de la Costanera) son las que traen la basura. Y mientras tratamos de evitar que ensucien también tenemos que actuar cuando hay asaltos, peleas... Acá nos ven como intrusos y nos apedrean. Incluso, una vez nos dejaron un caballo muerto ahí", contó el agente, alto y de ojos claros, mientras señalaba a tres metros del destacamento.

El basural que hace de playa del río Salí es un insulto para quienes llegan a Tucumán en avión. De tan grande, es imposible que los turistas o los hombres y mujeres de negocios que aterrizan a diario en el Benjamín Matienzo no se asqueen con él. Además, es casi seguro que a la mayoría se le estruja el alma cuando ve que los chicos empantanados en la miseria van y vienen entre desperdicios. Producida con unos anteojos Ray-Ban y un morral hippie, Noelia caminó apurada hasta la parada del colectivo. Su casa está en el barrio Barrancas del Salí, donde los jardines prolijos, las veredas limpias y las fachadas impecables marcan un contraste abismal con lo que ocurre bajo el puente que nace a menos de 100 metros y con la Costanera, que está al otro lado de la ruta que va al aeropuerto.

"La culpa la tienen también algunos vecinos: a cambio de unos pesos, les dan la basura a los carreros para que se la lleven ¡Y ellos la tiran ahí nomás!", protestó mientras señalaba hacia el Ingeniero Barros. A pocas casas de la de Noelia -que no dijo su apellido-, María Isabel Álvarez tomaba mates detrás de las rejas y de dos perros ladradores. "Hace 20 años que vivo acá y el basural del río está desde aquella época. Al barrio vienen a barrer los del plan Argentina Trabaja. Pero a lo que está abajo del puente lo limpian una sola vez al año: cuando viene la presidenta (Cristina Fernández de Kirchner), el 9 de julio", apuntó mientras intentaba hacer callar a los perros.

En la ciudad hay unos 100 vaciaderos clandestinos, según datos de la Municipalidad. Y levantan un promedio de 15 por día. El problema es que, alrededor de tres horas después de la limpieza, la suciedad vuelve a aparecer. Los basurales se dividen entre micro, medianos y grandes. El del puente Barros pertenece a este último grupo.

El director de Higiene Urbana, Marcelo Alonso, dijo que en esa zona se produce un problema complejo: muchas de las personas que ensucian las márgenes del Salí viven en las inmediaciones y subsisten con los desperdicios. "Con la instalación del destacamento policial la situación ha mejorado. Esta es la demostración de que hay situaciones que requieren el trabajo mancomunado de distintas instituciones", explicó el funcionario.

El policía Marchese sostiene que la mayor parte de los desperdicios que descargan los carreros junto al puente son domiciliarios; los recogen durante las recorridas que realizan por los barrios de la ciudad. Por eso, en los alrededores del Ingeniero Barros todo indica que el basural está lejos de desaparecer.

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