De eso no se habla

11 May 2013
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Gentileza de www.playbuzz.com

"Es imposible no comunicar", afirman los expertos en comunicación humana. Y es evidente que todo comunica: desde nuestra conducta en general, hasta la postura y los movimientos de nuestro cuerpo, los gestos de la cara, la mirada, un suspiro, una sonrisa.

Tanto es así que entre las personas se produce un permanente ida y vuelta de mensajes químicos y feromónicos. También energéticos: cuántas veces nos ha pasado que al entrar a un lugar sentimos la tensión o la "mala onda" entre los presentes, aunque nadie haya emitido una sola palabra. Y es que, aunque solemos poner todo el acento en lo verbal, está comprobado que este aspecto constituye menos de un 7% de la comunicación total. De hecho, aquello que no se dice puede comunicar más aún que lo que sí se dice. Y lo cierto es que, tanto ahora como en el pasado, son muchos los silencios que rodean a la temática sexual.

Primeros aprendizajes

Es en la familia donde tenemos la primera oportunidad de aprender sobre sexo. A partir de una edad cada vez más temprana -los medios de comunicación tienen mucho que ver en esto- se despierta la curiosidad sexual en los chicos, y ellos acuden a los adultos con preguntas y cuestionamientos. Es también normal encontrarlos estimulando sus genitales, jugando al "doctor" o espiando a otro que está desnudo. Y aunque la revolución sexual haya acontecido hace 50 años, los padres suelen todavía tener dificultades para hablar y actuar con naturalidad en estas situaciones. No es raro que algunos reaccionen esquivando el tema o desviando la atención del chico.

Estos primeros silencios constituyen uno de los motivos principales de que aprendamos a no hablar de sexo. De ahí también vienen, en gran medida, la vergüenza y la culpabilidad -y por consiguiente, las disfunciones- que de manera más o menos consciente siguen impregnando la vivencia de lo sexual. Y es que los chicos sacan sus conclusiones: aquello de lo que no podemos hablar abiertamente -y a veces, incluso tampoco nombrar o reconocer su existencia- debe ser malo, peligroso, vergonzoso.

El desafío adolescente

Diversas investigaciones científicas vienen mostrando el alto porcentaje de personas a las que sus padres durante la adolescencia no les contaron nada acerca del sexo. Ocurre que no son pocos los adultos que se convencen de que la educación sexual es responsabilidad de la escuela. No advierten que, todo el tiempo y de mil maneras, lo quieran o no, están dando mensajes a sus hijos en relación con la sexualidad.

A tal punto que un gran número de adolescentes refiere que la única comunicación al respecto que tuvieron con sus padres, apuntaba a que, sencillamente, no debían tener relaciones. Un diálogo que, en el mejor de los casos, se limitaba a dar información sobre biología reproductora, anticoncepción y prevención de las enfermedades de transmisión sexual.

Lamentablemente, siguen siendo pocos los padres que se atreven a tener conversaciones francas y significativas con sus hijos sobre sexo. Conversaciones que, sin ser perfectas, incluyan, por ejemplo, las implicancias afectivas e interpersonales que se ponen en juego en lo sexual.

Tabúes y temores

Entre las causas del silencio y de la incomodidad de los adultos está, en primer lugar, la experiencia poco feliz que tuvieron con sus propios padres al respecto. Cambiar esta historia de tabúes familiares es posible y necesario. Es también todo un desafío: implica ir a contrapelo de lo que se ha aprendido, cuestionarlo, y superar los propios temores y prejuicios.

Algunos padres tienen miedo de que hablar de estos temas equivalga a darle permiso al adolescente para lanzarse a una vida sexual sin límites: se trata de un mito muy arraigado. Sin embargo, los chicos que tienen más libertad para hablar en familia sobre sexualidad suelen ser más reflexivos y prudentes a la hora de tomar decisiones.

Consecuencias en la adultez

Todo indica que aquellas personas cuyos padres les hablan de sexo, de adultos tendrán la habilidad para hacerlo abiertamente con sus propios hijos. Además, serán menos propensos a las disfunciones sexuales y más tendientes a sentirse satisfechos en este plano.

De la misma manera, serán capaces de hablar con franqueza de sexualidad con su pareja, como así también con otras personas. Y en caso de surgir problemas, no tardarán mucho tiempo en plantearlos, ni en decidirse a pedir ayuda.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.