El sexo y la pornografía
28 Abr 2013
La palabra "pornografía", en su origen etimológico, refiere a "la descripción de las costumbres y las maneras de las prostitutas y de sus patrones". Por eso lo pornográfico ha estado tradicionalmente asociado a lo impuro y a lo ilícito. En la actualidad, algo más relajada la sanción moral de una sociedad menos pacata, suele calificarse de este modo a todo material destinado a producir excitación sexual.
Por su parte, el mundo "porno" ha generado siempre controversias y debates. Para algunos constituye lisa y llanamente la profanación de una sexualidad bien entendida y la deshumanización del cuerpo. Muchos sostienen que además refleja -y promueve- la violencia y el sometimiento del que han sido objeto las mujeres durante cientos de años. Y también están los que consideran que su consumo responde a elecciones y gustos personales que deben respetarse, por pertenecer a la esfera privada.
Pero lo cierto es que esta industria -de crecimiento exponencial- presenta un abanico de ofertas cada vez más vasto. A las revistas, libros, películas y espectáculos en vivo, se le ha sumado el universo infinito de Internet, donde hay cabida para todos los gustos y preferencias.
Un poco de historia
La representación de escenas sexuales es una práctica antiquísima. Probablemente su nacimiento coincide con el de la civilización humana: dibujos, placas, objetos y huesos atestiguan el marcado interés en lo sexual que tenía aquel primitivo hombre de las cavernas.
En la antigua Roma, las clases privilegiadas solían decorar las paredes de sus casas con frisos que mostraban escenas orgiásticas. Y en los burdeles de Pompeya, las imágenes eróticas estaban pintadas en el exterior, publicitando lo que se ofrecía adentro.
La invención de la imprenta, en el siglo XV permitió la circulación de escritos e imágenes sexuales, aunque no de manera masiva, ya que su distribución estaba severamente vigilada.
Del siglo XVI son los "Sonetos lujuriosos" de Pietro Aretino, ilustrados por el artista Giulio Romano, a través de dibujos que mostraban parejas en diferentes posturas sexuales. Pero la mayor parte de la pornografía por esos siglos consistía en literatura erótica -con una clara fijación por las monjas y las damas aristocráticas- ilustrada sólo ocasionalmente. "Fanny Hill: Memorias de una cortesana", escrita por el inglés John Cleland, es considerada la primera novela de este género, además de uno de los libros más perseguidos y censurados.
Pero la pornografía de masas hizo su verdadero despliegue con la aparición de la fotografía.
Playboy y más
El primer número de la emblemática "Playboy" se puso a la venta en 1953. Considerada dentro del llamado "porno suave" (softcore) tuvo en su debut a Marilyn Monroe en las páginas centrales. No tardó mucho en surgir una competidora: "Penthouse", más explícita, que obligó a la precursora a subir la temperatura de sus publicaciones. La sueca "Private" mostró las primeras imágenes pornográficas en colores, a mitad de los 60. Y una década más tarde, el transgresor Larry Flynt aportó al mercado la mucho más osada "Hustler". Por esos tiempos -revolución femenina mediante- nació "Playgirl", pensada para las mujeres. Por otra parte, aunque ya existían -discretamente- desde los años 50, fue en los 60 cuando aparecieron las revistas porno destinadas abiertamente a un público gay.
Las primeras películas de "sexo duro" se realizaron a principios del 1900. Curiosamente, "El Sartorio" -la más antigua que se conserva- fue producida en nuestro país. Pero la definitiva consagración del hardcore vino en 1972 con el estreno de "Garganta profunda". Protagonizada por la recientemente fallecida Linda Lovelace, es el primer largometraje porno con argumento.
Efectos no deseados
No son pocas las personas -y parejas- que recurren a material pornográfico para alimentar sus fantasías, introducir cierta variedad a su vida sexual y romper con la monotonía. El problema está en la posibilidad de que este hábito se torne compulsivo y derive en una verdadera adicción, con el consiguiente dolor y empobrecimiento vital que produce toda conducta adictiva.
Los efectos de la pornografía violenta se han estudiado en muchos experimentos. Los resultados indican que su consumo sostenido aumenta la aceptación de ciertos mitos relativos a la violación: que las mujeres han provocado la situación y que desean o disfrutan de ser forzadas a pesar de que muestren lo contrario. Estas distorsiones tienen un efecto muy destructivo -y potencialmente peligroso- sobre la forma en que hombres y mujeres se relacionan a nivel sexual. Asimismo, esta clase de pornografía modifica con el tiempo los patrones de excitación en sus espectadores, de tal modo que escenas de violencia terminan resultando sexualmente excitantes.
Por otra parte, se ha comprobado que la contemplación habitual de pornografía -no violenta- tiene un efecto negativo sobre la percepción que tiene la gente respecto de su propia vida sexual. Al parecer, los consumidores más fanáticos suelen sentirse considerablemente menos satisfechos con su vida sexual y, en especial, con el comportamiento de sus parejas en este ámbito.
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