Enamorarse
Enamorarse es una de las experiencias más intensas de la vida. Cualquiera sea la edad, implica una fuerte sacudida emocional que nos coloca en un estado de características únicas: deseamos pasar el mayor tiempo posible con el otro, a él destinamos nuestros pensamientos, tememos su rechazo o abandono, buscamos cualquier excusa para el contacto físico, nos volvemos muy atentos a sus necesidades e intereses.
Otro rasgo infaltable es la idealización del objeto de amor: lo vemos perfecto, o al menos nos focalizamos exclusivamente en sus rasgos positivos. De ahí que Freud hablara del enamoramiento como una "psicosis transitoria", a juzgar por lo delirante de percibir sin defectos a uno de la raza humana. También Ortega y Gasset afirmaba algo similar al calificarlo como un "estado de imbecilidad transitoria", ya que nuestras miras e intereses sufren una drástica reducción, una suerte de rigidez mental centrada en un monotema.
Por su parte, el famoso escritor y psicoterapeuta norteamericano Irvin D. Yalom supo confesar en uno de sus libros: "no me gusta trabajar con pacientes que están enamorados. Quizá se deba a la envidia: yo también anhelo la fascinación. Quizá se deba a que el amor y la psicoterapia son incompatibles en lo fundamental. Un buen terapeuta lucha contra la oscuridad y busca la iluminación, mientras que el amor romántico se sustenta con el misterio y se desmorona al ser inspeccionado. Aborrezco ser el verdugo del amor".
El amor como panacea
Más allá de los rasgos comunes a todo enamoramiento, es un hecho que en algunas ocasiones las personas viven esta experiencia con una dosis extra de intensidad y pasión, a la que se agregan otros condimentos: desesperación, celos desmedidos, fuerte dependencia, ansiedad, obsesión extrema, etc.
Desde luego, es menos probable que experimentemos un amor de este tipo cuando nos sentimos equilibrados, estables y a gusto con nuestra vida. Al parecer, es más factible que esta "psicosis transitoria" extrema nos ocurra cuando nos sentimos solos, angustiados, desdichados, disconformes con nuestra situación vital. Tal vez porque de esta manera el otro se configura como un "héroe" o "salvador", capaz de llenar nuestro vacío existencial. No es raro entonces que acabemos por aferrarnos a su persona con uñas y dientes, depositando en él toda clase de expectativas, incluidas las que poco y nada tienen que ver con el amor.
En este sentido, aquellos que tienen la autoestima más baja son los que más creen en el poder totémico del amor romántico. Incluso en el poder curativo y sanador del sexo en estas condiciones. Los psicólogos observamos a diario que las personas más inseguras tienden a idealizar el efecto que la experiencia amorosa produciría en sus vidas. Una suerte de pensamiento mágico los lleva a idealizarse a sí mismos cuando por fin el universo los bendiga con un amor correspondido.
El mito del amor de pareja como panacea, como cura y solución para todos nuestros malestares y desdichas, es alimentado y fogoneado -de manera más o menos explícita- por diferentes hábitos socioculturales y desde múltiples discursos.
El buen amor
Por supuesto que es innegable que estar enamorados -un amor correspondido, en el marco de una relación sana- resulta mucho más placentero y estimulante que no estarlo. Y es que nos sentimos más alegres, expansivos, optimistas, entusiastas, creativos. ¡Nos enojamos tanto menos! Nuestra tolerancia con los demás se eleva y tardamos mucho más en reaccionar con agresión ante las frustraciones diarias. Tan rotunda es esta inyección de vida, tan terapéutico resulta el amor, que hasta los demás suelen percibirnos más atractivos, saludables o rejuvenecidos.
Por eso se ha dicho que cuando nos enamoramos en cierta forma sentimos que somos capaces de conquistar el mundo. Y es probable que no nos equivoquemos.