Amores de verano
Algo mágico rodea a los amores que duran un verano (entendiendo por "verano" el poco o mucho tiempo que nos tomamos de vacaciones).
La intensidad de estos flechazos -que han inspirado una incontable cantidad de películas y de novelas- obedece a una conjugación única de factores. La mente también se encuentra de vacaciones, liberada de las rutinas habituales: aunque sea por unos días, decidimos relegarlas a un segundo y tercer plano. Y disponemos de todo el tiempo del mundo para disfrutar y conectarnos con el placer, distendiéndonos.
Está permitido gastar más de la cuenta, esperar la madrugada todos los días, despertarnos consecuentemente tarde, comer más rico y a deshora, beber alcohol aunque sean las 11 de la mañana de un martes. Al fin y al cabo, ¡son nuestras vacaciones!
Un clima de diversión, lúdico y festivo, nos vuelve más despiertos y receptivos a los miles de disparadores que estimulan de manera permanente nuestros cincos sentidos. La piel bronceada por el sol, los cuerpos más desnudos, ligeramente ataviados y hasta esa intimidad con la naturaleza -el mar, la montaña, la sierra- nos ubican en un contexto expansivo, que tiene algo de primitivo, de salvaje.
Delirio de amor
Relajados y a puro disfrute: en estas condiciones ideales -y totalmente artificiales- Cupido lanza su flecha en vacaciones.
Mientras tanto, por tratarse de los comienzos, la relación se encuentra en el momento de la idealización. Sólo viendo en el otro un ser sin defectos, debilidades o rasgos incompatibles con nosotros. A tal punto que Freud llamó a esta etapa de enamoramiento "psicosis transitoria", donde en verdad deliramos, dando por cierta la pura perfección humana.
Incluso, si aparece algún desajuste, ese amor "incondicional" que todo lo cree, todo lo espera y todo lo perdona, es capaz de pasarlo por alto. ¡Parece tan difícil imaginar futuros conflictos!
Amor platónico, alma gemela, media naranja… toda esa mitología llega a parecernos cierta.
Futuro imperfecto
Y el futuro, el compromiso, los proyectos, ¿adónde quedan?
Esa… es otra historia. Y la sabemos bien: cuando terminan los días de descanso, suelen terminar también estas relaciones. Como si sólo se quedaran en la superficie y no lograran echar raíces. Al menos, en la mayoría de los casos.
Un "fin de fiesta" que podría ser feliz, si lográramos pasar de los fuegos de artificio del enamoramiento al fuego sagrado del amor.